viernes, 17 de octubre de 2025

la bondad de eleguá (bella historia)

En un sendero bañado por la luz dorada del sol, el pequeño Eleguá avanzaba con una sonrisa radiante. Llevaba una capa roja que ondeaba suavemente con cada paso y una corona que brillaba con la promesa de su destino. En su mano, un bastón místico que parecía cobrar vida con una luz propia, guiándolo a través del bosque.

Eleguá no era un niño común; era el abridor de caminos, el guardián de las encrucijadas, y en su corazón latía la alegría de la aventura. Cada hoja que crujía bajo sus pies le contaba un secreto, cada rayo de sol le susurraba una historia. El mundo era un libro abierto para él, lleno de maravillas por descubrir.

Mientras caminaba, se encontró con un pajarito que había caído de su nido. Con ternura, Eleguá lo recogió y, con un toque de su bastón, lo ayudó a volar de nuevo. El pajarito trinó alegremente antes de unirse a sus hermanos en las ramas altas.

Más adelante, vio a un ciervo que había quedado atrapado en unas zarzas. Sin dudarlo, Eleguá usó su bastón para liberar al ciervo, que le agradeció con una inclinación de cabeza antes de desaparecer entre los árboles.

Al final del día, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y púrpura, Eleguá llegó a una clara. Allí, se sentó bajo un árbol antiguo, sabiendo que cada paso que había dado, cada acto de bondad, había abierto un nuevo camino en su corazón y en el mundo. Con el bastón a su lado y una estrella brillante en el cielo, el pequeño Eleguá sabía que su viaje apenas comenzaba, y que cada día traería consigo nuevas oportunidades para amar, ayudar y abrir caminos para todos.

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